Si, lo reconozco, me pierde mi incontinencia verbal que diría
el otro, y hay días que hablo hasta con las piedras si es necesario, incluso la
mayoría de las veces sin sacar mi ironía y mi sarcasmo a pasear. Y así me veo
hablando con alguna colega, que para cuando queremos colgar el teléfono han
pasado horas, creo que el record lo tenemos en 4 horas y media, pero eso de
tener a alguien con quién poder hablar de todo, el día a día, nuestros pasados,
nuestros pájaros en la cabeza, nuestra forma de pensar aunque sea diferente,
alguien con quién te sientas tan cómoda que puedes mostrarte tal como eres, que
puedes hablar libremente de lo que sea y
sabes que como poco va a intentar entenderte y nunca juzgarte, que te ríes, te
desahogas… si lo sé, es todo un lujo y por suerte colegas de estos nunca me
faltan, son escasos pero son geniales.
Luego hay otros con los que no tienes problemas en hablar de
ningún tema, pero te reservas cosas, porque hay ciertas parcelas que son casi,
casi privadas salvo honrosas excepciones, aunque igualmente te sirven, te
llenan y te alegran esas conversaciones, a veces tan imposibles.
Acabando con los que sabes que se guardan más que nadie, que
aunque a veces no es necesario que te digan mucho porque ya les conoces tan
bien que intuyes lo que callan, y sabes entenderles sin necesidad de palabras y
explicaciones, aunque a veces echas en
falta un poco más, ya que puedes dudar hasta de si simplemente quieres imaginar
lo que dicen y realmente estoy equivocada, que si, que seguramente sea o me
hagan ser más fuerte que nadie, que visiblemente esté pudiendo con todo lo que
ha ido cayendo, que probablemente yo soy la que me dedico habitualmente a dar ánimos
y ejercer de payasa pintando sonrisas, que
inevitablemente mi habilidad es la de volar siempre alto y parecer que no
necesito a nadie, pero hay ciertos momentitos que…que nada, que sigo escalando
hacía el Norte sin despeinarme.
Y aún así…

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