Que la vida puede ser muy perra (por ser suave) a veces,
creo que unos pocos lo tenemos asumido, pero que utilice la ironía para descolocarte
es algo que agradezco pero no sé como tomarlo, porque aquí ni siquiera proceden
los dos hielos. Y tras una larga (demasiado larga) temporada en la más absoluta
de las tinieblas donde no se me ha concedido ninguna tregua, consigo al fin
desterrar la apatía y acaparar toda la
fuerza que me estaba faltando para coger la brújula y comenzar a dar todos los
pasos que dirigen al norte, de vuelta a casa y a mi si vida, que no es poco y
que el camino es largo y que aún quedan cuestas me lo sé de memoria, pero con
mi estrella polar particular ayudando a iluminar el camino ¿quién dijo miedo?.
Y mientras ando en ello, de improviso, la vida me va
colocando una detrás de otra, a esas personas que fueron parte de una
trayectoria anterior, que me condujeron al abismo y algunos quisieron incluso empujar,
y así me veo en paseos imposibles o cafés
surrealistas o llamadas de teléfono impensables, con conversaciones de horas,
donde poder hablar serenamente (si, lo sé, serenamente y yo no somos
compatibles, hasta yo misma me sorprendí cuando la ví acompañándome) de esa trayectoria,
sin los gritos, reproches y vete al peor de los infiernos que hasta entonces
habían acompañado a semejantes elementos subversivos. Y así me doy cuenta que
donde antes solo había asco y resentimiento, ahora solo existe total
indiferencia, para poder cerrar bien esas puertas, soltar lastre y poder
empezar de cero en condiciones, sin marejadas, solo un mar de fondo propio y
amigable, ese mar (salvaje, claro), y ese fondo y ese amigable que han surgido de repente para
hacer el camino más ligero, las noches más cortas y las risas más largas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario