Hace tiempo Alguien me trajo la frase de Borges, “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyos brazos desfallecía Matilde Urbach.”, junto con el famoso río
de Heráclito, “En los mismos ríos entramos y no
entramos, pues somos y no somos los mismos.” Si, realmente tengo que
reconocer que he estado rodeada de gente que ha estimulado mi ansía de saber,
de conocer, de superarme… y seguramente cuando llegaron las frases estaba yo en
otro plano y no conseguí hacerle el caso que merecían, sí, entendí el significado,
pero en este momento además de entenderlo, lo siento.
Lo siento ahora que tengo claro que tengo que regresar a
casa, a esa casa de la que falto hace ya más tiempo del que hubiera debido ser.
Y claro está, pese a saber que aquel es mi sitio y a donde pertenezco, no
voy a encontrarme con la ciudad que dejé cuando me fui, serán las mismas calles
pero serán otras, será el mismo sentimiento pero será diferente, caerá la misma
lluvia pero no será la misma, tengo que asumir que yo también soy otra, que
estos años, tanto cambio de ciudades, tanto cambio de amigos, de gente en mi
vida para bien o para muy mal, tantas cosas que han ido pasado me han
transformado en alguien que poquito tiene que ver con aquella que se fue sin
querer irse y sin ser consciente en ese momento del grandísimo error que estaba
llevando a cabo y lo caro que iba a pagarlo.
Aunque seguramente lo que peor voy a llevar es que la gente
será la misma pero también será otra en la que no me reconozco, eso lo he aprendido a golpes cuando la he
necesitado. Y evidentemente en un día como hoy, es inevitable recordar y
homenajear a la persona que no estará ni igual ni diferente. Esa persona que
siempre tenía tiempo para mi, que me daba lo mejor que podía aún quitándoselo
ella, la única que me ha entendido y sabía cuando estaba bien o mal con solo
mirarme y aún disimulando, de la que aprendí el placer por la lectura, por las
cosas pequeñas y los detalles, a no escapar de los problemas sino enfrentarlos
de cara y con fuerza de voluntad, a reírme pese a las circunstancias adversas,
la que mejor me ha querido y por encima de todo, aún siendo consciente de mis
millones de defectos y haciendo que en vez de defectos fueran marcas que hacían
la diferencia con la multitud, esa persona con la que he compartido alegrías,
penas, muchas idas de pinza y sobre todo los mejores momentos.
Y aunque cada día hablo con ella porque de donde nunca se
podrá ir será de mí, hoy miro su foto pensando en como me gustaría empezar el día
pudiendo sorprenderla y haciéndole feliz, esa foto que tengo siempre delante
desde donde me mira sonriendo, y desde donde me imagino que me habla y me dice “tranquila,
todo va a ir bien, estás haciendo lo correcto y yo voy a ayudarte a conseguirlo
porque te lo mereces y estoy orgullosa de ti y en lo que te has convertido”… es
entonces cuando me doy cuenta que pese a que ya no sea la misma ría la que me
acoja, ni yo sea la misma que paseaba junto a ella, la esencia sigue intacta, y
aunque ya no vaya a encontrar los brazos para refugiarme, siempre los tendré
bien presentes y si me los imagino puedo recobrar por un momento aquella que si
fui y la sensación de encontrarme a salvo de todo y sabiendo que nada ni nadie
puede hacerme daño, estando satisfecha por lo que fui y por lo que me queda por
ser.

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