Fin de semana de calma, días de acumular fuerzas y reposar
del sobreesfuerzo realizado, de estirar la madrugada, de ponerse al día con los colegas, con la lectura,
con todo eso que me hace disfrutar y que el jodido cocodrilo hace que tenga que
aparcarlo por imperativo. Está claro que mi vida no lleva el mismo ritmo que
los demás, que de repente acelera en sucesión continua de acontecimientos, encuentros
y desencuentros, citas precisas e imprecisas, sin poder bajar la guardia ni
medio segundo, ni descuidarme, que hacen que acabe con la lengua fuera y sin
resuello, como que de repente se para y vivo un continuo día de la marmota. La
gente que me conoce y me padece sin inmutarse (los hay valientes!!) sabe que
cuando deja una semana de saber de mí, al volver a coincidir, tengo casi una
novela entera para contar con lo que me va viniendo, con sus llantos y sus
risas, su tragedia y su comedia. Y si, visto desde fuera, a veces puede sonar
hasta apetecible, si se sabe aguantar el ritmo de locos e incongruencias varias,
pero yo echo de menos a veces una gran dosis de rutina, dulce o no, de
tranquilidad, aunque seguramente no sabría
ni que hacer con ella, ni como tomarla, pero por vivir algo diferente. Lo que está
claro es que no nací para ser comedida, y mi vida tampoco lo puede ser, que
tengo que vivir con intensidad tanto lo bueno como lo malo, que en un mismo
instante puedo pasar del llanto más desconsolado a la risa más escandalosa, que
hay cosas que solo pueden pasarme a mi, posibles o imposibles, y lo de vivir al
borde del abismo se ha convertido en un estilo de vida, que pesa mucho a veces,
pero hace que me vaya convirtiendo en sobrehumana casi, y que pese a que a
veces cuesta e incluso parezca que no voy a conseguirlo, vaya logrando cada
objetivo que me he ido proponiendo, si, algunos se han llevado consigo un
desgaste considerable, pero aquí sigo dando guerra, apretando los dientes y
avanzando sin peinarme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario