Vale, lo mismo he dejado por el camino una parte de esa
prima alocada que conociste, y sí, lo mismo la prosaicidad ha ocupado parte del
espacio en detrimento de la poesía, lo admito. Justamente estoy leyendo el
Diario de invierno de Paul Auster, y al llegar a la parte en que conoce a su
mujer, casualmente un 23 de febrero, y leer que iniciaron un ritual de leerse
cuentos de hadas el uno al otro, ahí apareciste con una sonrisa burlona como no podía esperar menos. Bien,
puede que nadie me lea cuentos de hadas, y menos aún me los escriba ya, y lo
que es más lamentable tampoco yo los escribo ¿y? Lo mismo ahora prefiero algo
de tranquilidad, algo de esa dulce rutina que tanto me sulfuraba, seguramente
porque nunca he podido saber su verdadero significado. Que sí, que está muy
bien una vida de cambios continuos, el conocer tanta gente, tantos lugares y
formas de entender la vida, la de anécdotas que tengo para contar en mi
inexistente libro de desmemorias, pero joder
primo, te aseguro que todo eso cansa y mucho. Vale, sí, he tenido
momentos sublimes, no lo niego, pero ello ha conllevado también unas caídas
estrepitosas de las que no siempre he conseguido levantarme tan airosamente
como me hubiera gustado y ahora aunque mi historia peque de cierta monotonía y
haya perdido un algo de pasión por las cosas, vivo sin tanto sobresalto
emocional y aunque solo sea por variar un poco, se agradece. Así que hazme el
favor de hacerte el distraído, y para ya de recordarme que lo mismo hace tiempo
tenía otras aspiraciones y otras metas, ya te sabes la frase de Whitman de memoria,
esa misma que te copie tantas veces, las de las multitudes y contradicciones que contenemos.
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