miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cuentos de hadas



Vale, lo mismo he dejado por el camino una parte de esa prima alocada que conociste, y sí, lo mismo la prosaicidad ha ocupado parte del espacio en detrimento de la poesía, lo admito. Justamente estoy leyendo el Diario de invierno de Paul Auster, y al llegar a la parte en que conoce a su mujer, casualmente un 23 de febrero, y leer que iniciaron un ritual de leerse cuentos de hadas el uno al otro, ahí apareciste con una sonrisa burlona como no podía esperar menos. Bien, puede que nadie me lea cuentos de hadas, y menos aún me los escriba ya, y lo que es más lamentable tampoco yo los escribo ¿y? Lo mismo ahora prefiero algo de tranquilidad, algo de esa dulce rutina que tanto me sulfuraba, seguramente porque nunca he podido saber su verdadero significado. Que sí, que está muy bien una vida de cambios continuos, el conocer tanta gente, tantos lugares y formas de entender la vida, la de anécdotas que tengo para contar en mi inexistente libro de desmemorias, pero  joder  primo, te aseguro que todo eso cansa y mucho. Vale, sí, he tenido momentos sublimes, no lo niego, pero ello ha conllevado también unas caídas estrepitosas de las que no siempre he conseguido levantarme tan airosamente como me hubiera gustado y ahora aunque mi historia peque de cierta monotonía y haya perdido un algo de pasión por las cosas, vivo sin tanto sobresalto emocional y aunque solo sea por variar un poco, se agradece. Así que hazme el favor de hacerte el distraído, y para ya de recordarme que lo mismo hace tiempo tenía otras aspiraciones y otras metas, ya te sabes la frase de Whitman de memoria, esa misma que te copie tantas veces, las de las multitudes y contradicciones que contenemos.

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