Esas multitudes que me habitan que ahora viven apacibles
inmersas en una vida sencilla, espartana, minimalista… Rodeadas de montes
solitarios o a orillas del mar para compensar el empacho de cemento y
multitudes a que han sido sometidas estos años, esas mismas que viven con la nariz
metida en un libro, devorando insaciablemente uno tras otro en un baile
continuo de historias y autores, esas mismas que ahora recobran lo que
significa el calorcito familiar y el cariño de los colegas esparcidos por toda
la geografía y son felices con las cosas sencillas o habituales para muchos otros
y tan infrecuentes para mí. Esas que se reconfortan recuperando del pasado
olores, sensaciones, lugares y tradiciones que componen mi identidad. Esas que
acallan a esa infinitesimal parte rebelde que aún consigue que siga sin peinarme,
sin usar artilugios tales como relojes o paraguas, o sin aceptar muchas cosas
que nos venden como "normales". Y es esa minúscula y ya casi inexistente parte
la que te debe anclar absurdamente ahí en mi memoria, la que decide los días normales como otros
cualquiera el ir a cierto correo siempre vacío, por si alguna extraña alineación de planetas hace que
aparezca en él algún regalo en forma de poema, fragmento literario o similares
que le alegren el día o la existencia, la misma a la que abuchea el resto
cuando altera la tranquilidad persistiendo en creer en los sueños, en las casualidades, o en realidades
inexistentes, esa que no se entera de que todos los cuentos, por enriquecedores
que sean, acaban con la palabra fin.
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