domingo, 21 de diciembre de 2014

Anclajes



Esas multitudes que me habitan que ahora viven apacibles inmersas en una vida sencilla, espartana, minimalista… Rodeadas de montes solitarios o a orillas del mar para compensar el empacho de cemento y multitudes a que han sido sometidas estos años, esas mismas que viven con la nariz metida en un libro, devorando insaciablemente uno tras otro en un baile continuo de historias y autores, esas mismas que ahora recobran lo que significa el calorcito familiar y el cariño de los colegas esparcidos por toda la geografía y son felices con las cosas sencillas o habituales para muchos otros y tan infrecuentes para mí. Esas que se reconfortan recuperando del pasado olores, sensaciones, lugares y tradiciones que componen mi identidad. Esas que acallan a esa infinitesimal parte rebelde que aún consigue que siga sin peinarme, sin usar artilugios tales como relojes o paraguas, o sin aceptar muchas cosas que nos venden como "normales". Y es esa minúscula y ya casi inexistente parte la que te debe anclar absurdamente ahí en mi memoria, la que decide los días normales como otros cualquiera el ir a cierto correo siempre vacío, por si alguna  extraña alineación de planetas hace que aparezca en él algún regalo en forma de poema, fragmento literario o similares que le alegren el día o la existencia, la misma a la que abuchea el resto cuando altera la tranquilidad persistiendo en creer en los sueños, en las casualidades, o en realidades inexistentes, esa que no se entera de que todos los cuentos, por enriquecedores que sean,  acaban con la palabra fin.

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