En un día tan normal como hoy hace mucho tiempo miraba
impaciente mi correo esperando segura el regalo que nunca faltaba, algunos año
el único que tenía este día tan normal. Ahora ya he aprendido a no mirar el
correo, sé que ya no va a llegar más, así que me deleito con regalos de antaño
que nunca me aburro de leer. Iba a añadir que también he aprendido a no ser impaciente, pero eso está más
fastidiado de remediar.
En un día tan normal como hoy también tengo siempre una felicitación segura, también algunos años ha sido la única que he recibido, es lo
que tienen los días normales, que la gente se despista, se piensa que es tan
normal como el anterior o el posterior o cualquier otro dentro de un margen de
una semana y a veces hasta más, pero sé seguro quién no va a fallar, el mismo
que cada noche inunda mis sueños de mares salvajes y me consiente más de la
cuenta.
En un día tan normal como hoy me siento afortunada de lo que
he ido conquistando, del puñadito de gente que me hace reír y me hace feliz, de seguir siendo como soy pese a quién pese y
le joda a quién le joda, y sobre todo voy a brindar, que coño, voy a acabar la
botella de cava enterita porque empieza la cuenta atrás, del último año que me
queda por sobrevivir aquí y por fin pueda ir a instalarme en el lugar de donde
nunca debí salir!!!
En un día tan normal como hoy, he aprendido a no esperar
nada de nadie y los tesoros me los descubro yo:
La trama del
tiempo
(Eduardo Galeano)
Tenía cinco años cuando se fue.
Creció en otro país, habló otra lengua.
Cuando regresó, ya había vivido mucha vida.
Felisa Ortega llegó a la ciudad de Bilbao, subió a lo alto del monte Artxanda y anduvo el camino, que no había olvidado, hacia la casa que había sido su casa.
Todo le parecía pequeño, encogido por los años; y le daba vergüenza que los vecinos escucharan los golpes de tambor que le sacudían el pecho.
No encontró su triciclo, ni los sillones de mimbre de colores, ni la mesa de la cocina donde su madre, que le leía cuentos, había cortado de un tijeretazo al lobo que la hacía llorar. Tampoco encontró el balcón, desde donde había visto los aviones alemanes que iban a bombardear Guernica.
Al rato, los vecinos se animaron a decírselo: no, esta casa no era su casa. Su casa había sido aniquilada. Ésta que ella estaba viendo se había construido sobre las ruinas.
Entonces, alguien apareció, desde el fondo del tiempo. Alguien que dijo:
-Soy Elena.
Se gastaron abrazándose.
Mucho habían corrido, juntas, en aquellas arboledas de la infancia.
Y dijo Elena:
-Tengo algo para ti.
Y le trajo una fuente de porcelana blanca, con dibujos azules.
Felisa la reconoció. Su madre ofrecía, en esa fuente, las galletitas de avellanas que hacía para todos.
Elena la había encontrado, intacta, entre los escombros, y se la había guardado durante cincuenta y ocho años.
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