De nuevo en casa, donde hasta la lluvia huele, suena y se siente. Tras la
alienación que trae consigo una gran ciudad donde todo es artificial y nada huele
a otra cosa que no sea polución o tiene
otro color que el gris del cemento, es un alivio rememorar antiguas sensaciones
y olores. Llegar a casa empapada de una lluvia que limpia el alma y las
heridas, tras ver la bruma que cubre los montes, redescubrir el sentido de los
colores con los diferentes verdes y marrones que deja de regalo el otoño o ver
las gotas resbalando en cada hoja de hierba junto con el olor a tierra mojada. Todo
un espectáculo para los sentidos que celebro como tal, al igual que el olor a
café recién hecho de esa taza bien cargada que me regalo para compensar el
tiempo a remojo sintiendo caer la lluvia encima de mí, pese a la mirada extrañada
de los locos con paraguas que nunca podrán entender lo que echaba de menos,
hasta doler, esa sensación, recuperando así a cántaros todos estos años en que me alejé
demasiado de quién era y de lo que realmente me hace sentir viva. Quizá con el
café se cuele alguna visita inesperada, quizá alguien con quién me gustaría
compartir cada instante que estoy rememorando, quizá a alguien a quién bendigo
a ratos por ser el causante de tanto cambio en
mi vida y por eso mismo le maldigo otras tantas. Quizá alguien que …
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