¿Y qué más da? Esa es mi frase de cabecera desde que me la
sopla todo. Desde que he aprendido a apaciguar mi vehemencia (antes llamado
encabronamiento contra el mundo) y vivir las circunstancias de una manera
de lo más pausada, aunque siga sin peinarme, si, como me dijiste alguna vez, la esencia del bollycao sigue intacta,
interiormente sigo igual o incluso mejor, pero lo de fuera cada día me preocupa
menos. Así que ¿Qué más da que sigas ocupando impertinentemente parte de mi memoria? Nunca has sido mal compañero, por el contrario, pese a la ilógica de
todo esto, sigo aprendido de ti, por lo cual ¿qué más da que te hayas instalado
de forma permanente pese al escándalo que eres capaz de montar a veces? Lo mismo me queda aún más que aprender y de ahí tu
persistencia a no querer pasar a formar parte de un pasado conciliador. Y de ahí
también mi persistencia en seguir asomándome a la única ventana que mantienes
abierta, ventana que tiene espectaculares blancos y negros que nunca podré
comentar, ventana a la que yo misma me obligo a no mirar y siempre acabo
mirando, ventana que…..
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