He entrado en una temporada de esas completitas de todo,
donde la dinámica de mis días sobrepasa a mi capacidad de asimilar tal cantidad
de sucesos, obligaciones, conversaciones, vamos que son excesivas del todo y
pese a que una es de donde es, le acaban pasando factura, aunque a cambio de ese
desgaste físico y emocional vaya abriéndose el camino y adelantando pasos hacía
la meta propuesta.
Es curioso como estos días van sucediéndose los reencuentros
con el pasado de bonito recuerdo, cuando aún no había salido del norte y que
tenía muy en el fondo del baúl, gente que formó parte de esa pasado que aparece
de súbito después de tantos años, batallitas, fotos imposibles, que se
entremezclan con gente nueva que trae consigo casualidades o historias
demasiado parecidas a otras que he vivido y que avivan el recuerdo o que hacen
que recupere mi inmadurez y mi tonta costumbre de entrar al trapo, a veces aún
antes de que me lo pongan y acabo en un rifi-rafe dialéctico donde los dedos no
alcanzan a ir tan deprisa como va la cabeza para defender con vehemencia mi
postura ya que he estado de lo más desentrenada.
Y en medio de esa vorágine de cosas, la isla del café
nocturno, donde desconectar de todo por un rato, se ha convertido en el
descanso del guerrero o el lugar donde poner en orden toda esa amalgama caótica
en que se han convertido mis días. El refugio donde descargar paranoias y sacar a pasear a la sageinam, donde se
esconde el vendedor de sueños para dar forma a los sueños por cumplir y donde
me consienten, creen más en mi y mis posibilidades que yo misma y me dan alas para poder llevar con más ligereza la carga hasta esa
cima que casi puedo ver ya desde donde estoy.

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