domingo, 17 de febrero de 2013

La isla del café nocturno



He entrado en una temporada de esas completitas de todo, donde la dinámica de mis días sobrepasa a mi capacidad de asimilar tal cantidad de sucesos, obligaciones, conversaciones, vamos que son excesivas del todo y pese a que una es de donde es, le acaban pasando factura, aunque a cambio de ese desgaste físico y emocional vaya abriéndose el camino y adelantando pasos hacía la meta propuesta.

Es curioso como estos días van sucediéndose los reencuentros con el pasado de bonito recuerdo, cuando aún no había salido del norte y que tenía muy en el fondo del baúl, gente que formó parte de esa pasado que aparece de súbito después de tantos años, batallitas, fotos imposibles, que se entremezclan con gente nueva que trae consigo casualidades o historias demasiado parecidas a otras que he vivido y que avivan el recuerdo o que hacen que recupere mi inmadurez y mi tonta costumbre de entrar al trapo, a veces aún antes de que me lo pongan y acabo en un rifi-rafe dialéctico donde los dedos no alcanzan a ir tan deprisa como va la cabeza para defender con vehemencia mi postura ya que he estado de lo más desentrenada.

Y en medio de esa vorágine de cosas, la isla del café nocturno, donde desconectar de todo por un rato, se ha convertido en el descanso del guerrero o el lugar donde poner en orden toda esa amalgama caótica en que se han convertido mis días. El refugio donde descargar paranoias y sacar a pasear a la sageinam, donde se esconde el vendedor de sueños para dar forma a los sueños por cumplir y donde me consienten, creen más en mi y mis posibilidades que yo misma y me dan alas para poder llevar con más ligereza la carga hasta esa cima que casi puedo ver ya desde donde estoy.


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